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El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de las Naciones Unidas ratificó en París la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el documento que recoge los treinta derechos básicos que tenemos todas las personas. Según el artículo 3, todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad personal; sin embargo, este no se cumple en Hangberg, la favela de Ciudad del Cabo donde coopera Meraki Bay.

Según el informe anual del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal (CCSPJP) de México, el organismo que prepara cada año el ranking de ciudades más peligrosas del mundo, Ciudad del Cabo es la decimoquinta urbe más peligrosa del mundo y Wade Cupido, uno de los niños que acude cada día a Houties, es consciente de ello.

Wade tiene diez años y está en cuarto de primaria. Es el séptimo de ocho hermanos y, aunque afortunadamente no ha sufrido nunca violencia en primera persona, sabe que es uno de los principales problemas de la favela en la que vive: “La violencia es mala para la ciudad porque es aquí donde se encuentra la gente que quiero y quiero que esté bien”.

Según unas declaraciones del ministro de la Policía de Sudáfrica, Bheki Cele, recogidas en septiembre de este año por El Periódico, entre el 1 de abril de 2017 y el 31 de marzo de 2018 murieron 20.336 personas de forma violenta en el país, es decir, de media mueren 56 personas al día. Según el mismo medio, del total de muertos, más de 900 fueron ajustes de cuentas y reyertas entre bandas organizadas que operan mayoritariamente en las zonas de población “coloured” (mestiza) de Ciudad del Cabo, poblaciones como Hangberg, Gugulethu, Khayelitsa, Langa, Nyanga o Mitchell´s Plain, algunas de las favelas de Cape Town.

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La violencia, las drogas, el alcoholismo y los embarazos prematuros son algunos de los principales problemas que nos hemos encontrado aquí y cada día luchamos por alejar a niños y niñas como Wade de las calles. A través de los talleres de nuestro grupo juvenil intentamos incentivarlos a sacar adelante a su comunidad, alejarles de malas influencias e inculcarles valores universales.

Con los pequeños hemos limpiado la playa, hemos hecho talleres sobre bullying o hemos ido al santuario de aves, entre otras actividades, y gracias a ello hemos conseguido que los pequeños acudan cada lunes, miércoles, jueves y viernes a Houties con ilusión. Wade y su hermana pequeña son dos de los muchos pequeños que vienen y él lo tiene claro: “De mayor quiero estar con mi familia y ser un buen hombre”.

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