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Si estas manos hablaran contarían la historia de Julyga Samuls, una mujer divorciada víctima de la violencia machista. Sufrió durante años malos tratos y, mientras lo cuenta, no para de repetir lo horrible que fue. Su marido, más joven que ella, era violento y consumía drogas y alcohol.

 

Pregunta: ¿Cambió después de casaros?

Respuesta: No cambió, las cosas fueron a peor. Pero ahora estoy mucho, mucho, mucho, mejor -enfatiza y sonríe-. Ahora puedo hacer lo que quiera.

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Julyga nació en 1949 en Hangberg, la comunidad donde los miembros de Meraki Bay hacemos nuestra labor. Eran siete hermanos y a los trece años comenzó a trabajar en una fábrica de pescado. A pesar de eso, sabe leer y escribir y presume orgullosa: “Para mí, escribir no es un problema”.

Cuando cumplió los treinta se casó y ahí es cuando empezó su calvario: “Las cosas han cambiado muchos en los últimos años, al menos para mí. Cuando estaba casada estaba acostumbrada a estar preocupada (…) Mi exmarido me dio una vida terrible, ¡horrible! Fumaba drogas, vendía las cosas que yo compraba y por las que trabajaba mucho, era maleducado conmigo, rompía las cosas de casa… Me divorcié de él y estuve en casa de mi hermana durante un año mientras él estaba en la otra casa. Fui a la policía y al juzgado, él decía que era su casa, ¡y no era su casa! ¡Era mi casa!”. La policía le ayudó; de hecho, cuando hace dos años su exmarido cayó enfermo y falleció, fueron los agentes los que le informaron de la noticia: “Cuando mi exmarido falleció ya estábamos separados y no fui al funeral, no fue un buen marido para mí”.

 


“A veces me pegaba y, cuando le decía, ¿Por qué lo haces? ¡No te he hecho nada!, me daba cuenta de que no era por mí, era porque él iba drogado”


 

Julyga cuenta cómo fueron aquellos años: «Yo trabajaba en la escuela y cuando cobraba mi sueldo, él llamaba a su hermano y le decía que viniera a por mí con el coche para que sacara el dinero del banco y se lo diera a él para que pudiera fumar. Rompía toda las cosas. Yo compré un coche y lo usaba él. Lo utilizaba para ir con otras”. Ante esta situación, Julyga decidió separarse: “No estuve casada durante mucho tiempo. No quería la vida que él me daba. Me dí cuenta de que no podía seguir más y dije hasta aquí, es suficiente, y me divorcié”.

Sus hijos también son conscientes de lo mucho que Julyga sufrió durante aquellos años: “Mis hijos no le querían. Después de eso, no he estado con nadie. Después de ver el modo en el que él me quería, después de eso -enfatiza- no he querido más hombres en mi vida”.

Con las manos en la cabeza explica: “A veces me pegaba y, cuando le decía, ¿Por qué lo haces? ¡No te he hecho nada!, me daba cuenta de que no era por mí, era porque él iba drogado”. Cuenta además que cuando se casó no estaba enamorada: “Él ya era así. Es difícil explicar por qué me casé -coge aire-. Antes de casarnos, su hermano me decía que no iba a encontrar a otro hombre como él. Me decía que era bueno, un buen hombre para mi. Yo me lo creí y las cosas luego no fueron bien”.

Ahora son sus hijos quienes cuidan de ella: “No estoy sola. Mi hijo, su mujer y mis tres nietos cuidan de mí. Además de él, tengo otros dos hijos. Ahora me siento bien porque lo superé, estoy mucho mejor. Yo fui una buena mujer para mi marido, pero él no fue un buen marido para mí”.

Antes de terminar la entrevista afirma: “A nadie le gustaba él. Ahora puedo salir cuando quiero y dormir cuando quiero”. Y así, con una sonrisa de oreja a oreja, concluye: “Estoy mucho mejor. Mucho, mucho mejor querida”. Si quieres que los miembros de Meraki Bay, nuestra ONG española en África, podamos seguir ayudando a mujeres como Julyga, ¡dona!

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