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Si estas manos hablaran contarían que Caarmila Solomon dejó el colegio a los doce años cuando solo era una niña. 

 

Pregunta: ¿Por qué dejaste la escuela?

Respuesta: Mi padre era pescador y pasaba largas temporadas fuera de casa y mi madre también trabajaba, así que alguien se tenía que quedar con mis hermanos. Éramos una familia muy pobre.

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Caarmila nació en 1947 y es la cuarta de un total de ocho hermanos. Todos crecieron en Hangberg, en la comunidad en la que trabaja Meraki Bay y donde tres veces por semana Caarmila se reúne con el grupo de mujeres que forma nuestro taller de empoderamiento.

Fue al colegio dentro de Hangberg hasta los doce años pero, si quería pasar a la escuela superior, tenía que desplazarse: “Estaba muy lejos y nadie podía llevarme, así que lo dejé y me quedé en casa criando a mis hermanos”. Cuando cumplió los 18 empezó a trabajar limpiando en una casa y después en una fábrica. A los 26 se casó y, con la sonrisa cortada, dice: “Solo tengo una hija porque tengo problemas del corazón. Perdí dos bebés y el doctor me dijo que no lo intentara más. Al menos sigo viva. Me operaron dos veces y ahora puedo hacerlo todo por mí misma. Fue muy duro para mí perder a los dos bebés, pero mi corazón no bombeaba bien”.

 


“No teníamos muchos problemas con la gente blanca durante los tiempos del apartheid porque no nos mezclábamos. Los blancos estaban en una zona y los negros en otra»


 

Su única hija tiene ahora 40 años y también fue a la escuela en Hangberg. No obstante, nada más terminarla se casó: “Ella también trabaja en una fábrica y no estudió más porque no quería. Para encontrar un buen trabajo necesitas estudiar, sino terminas en una fábrica”.

Al hablar del pasado, recuerda los tiempos del apartheid: “No teníamos muchos problemas con la gente blanca durante los tiempos del apartheid porque no nos mezclábamos. Los blancos estaban en una zona y los negros en otra, pero creo que era mejor que ahora. Ahora todo es mucho más caro. El precio de la vida se ha encarecido tanto que es imposible vivir”. Esta es una de las principales reivindicaciones de la gente de Hangberg. Con salarios tan bajos y el coste de vida tan elevado, es prácticamente imposible salir de la comunidad: “Hay que enseñar a los niños a luchar por su futuro. Tienen que ir a la universidad y aprender cosas para que puedan ganar dinero cuando sean mayores. A las futuras generaciones solo les deseo que puedan estudiar y que se esfuercen. Tienen que aprovechar cada oportunidad que les da la vida”.

Después, con nostalgia, recuerda su infancia: “Éramos una familia muy grande. Mi padre y mi madre siempre estaban trabajando pero, cuando estábamos juntos, disfrutábamos mucho los unos de los otros. Eran buenos tiempos, me encantaba la Navidad. Mi madre preparaba comida muy rica, pero desde que mi madre murió hace tres años ya no nos juntamos”.

Se convirtió al islamismo cuando se casó: “Me cambié de religión y me casé. Mi marido es un buen musulmán y para casarme tuve que seguirle. Para mi familia no fue difícil. Tengo otro hermano que también es musulmán. En Navidad mi hermana viene a casa a celebrar las fiestas porque es cristiana y está soltera así que, ¡ahora tengo las festividades de las dos religiones!” -ríe-. En Sudáfrica se practica la libertad de culto y cada uno puede profesar la religión que considere; sin embargo, la cristiana es la mayoritaria. Alrededor del 80% de los sudafricanos son católicos, la siguiente religión más practicada es la musulmana. 

Meraki Bay es una ONG española atea. Cada uno de los niños y niñas que vienen a nuestros talleres por la infancia o de las mujeres que acuden a las actividades de empoderamiento sigue la religión que quiere. Luchamos por la igualdad de todas las personas, sin distinguir entre sexo, clase social o religión. Queremos que todo el mundo tenga las mismas oportunidades sin importar su origen así que, si quieres ayudarnos a conseguir nuestro propósito, ¡dona y haz que podamos seguir desarrollando nuestro trabajo!

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